Littérature (oeuvres cubaines)
Poema LXXXVIII
Necesito que me ayudes a dormir el corazón
enfermo, el alma que no te supo encontrar, la carne herida que todavía
te busca.
Necesito que me serenes, y que seas tú mismo,
porque nadie más puede hacerlo.
Necesito que corras como agua sobre mí, y me
apagues, y me inundes, y me dejes quieta, alguna vez quieta en este
mundo.
Tengo un gran deseo de dormir, aunque sea en la
tierre, si la tierra no se parece todavía a todo lo que sobre ella amé
vanamente, si no sigo encontrando en la tierra el rastro de mi vida
jadeante.
A nada temo más que a seguir yo misma; a
seguirme conociendo sin haberte conocido.
Y qué cansada estoy; parece que luché con el
mar... Parece que el mar me golpeó el cuerpo y me empujó contra las
piedras, y que yo, enfurecida, cogí el mar y lo doblé en mis brazos.
Me duelen los huesos; me duele hasta la ropa
que traigo puesta. Y me duele también la soledad después que me
dejaste encenderla con mi boca pegada contra ella.
Dulce María Loynaz
Oroíña (légende
afro-cubaine)
La tierra era una gran masa
incandescente y Olofin sintió tanto calor que envió a Yemú a apagar
el fuego. Tras largos días de trabajo, estaba extenuada, pero la
candela había desaparecido de la superficie.
El agua corría de los lugares
más elevados a los más bajos, tan largo era el camino que el dulce
líquido cuando llegaba a su destino se tornaba salado, así fueron
naciendo los ríos y los mares. Oroíña, el fuego que había quedado
preso en el centro del planeta, no estaba conforme con su destino y fue
a ver a Olofin quien le reprochó su actitud anterior, pero con su
bondad y sabiduría habituales dijo: "Estás pagando tu culpa, mas
para que nadie te olvide, cada cierto tiempo te prestaré la loma y por
ella dejarás oír tu voz y mostrarás tu descendencia."
Por eso, cuando menos lo
esperamos, un volcán nos espanta con su ruido, que no es más que la
voz de Oroíña, y Agayú, su hijo, devora los sembrados y se adueña la
sabana.
Arisel Arce Burguera et Armando
Ferrer Castro
Sol de lluvia
Después del agua, el Sol
entreabre un ojo
y se queda mirando el paisaje:
El Sol está borracho
tendido en medio de la calle.
El perro que pasa le lame la
cara;
el policía lo arrastra en vano,
y las gallinas, escarbando
sobre la tierra rural, lo llenan
de fango.
Se pone en pie por fin
y sacudiéndose sin prisa,
ante la expectación de los
chiquillos
dobla la esquina.
Nicolás Guillén